Breve Historia del Grito Cósmico

Todo comenzó, como otras tantas cosas en nuestros días, en Internet. A principios de la década empezaron a aparecer vídeos en la red donde personas de todo tipo se desgañitaban mediante el Grito Cósmico, como no tardó en llamarse. Y lo que comenzó siendo una necedad viral, se convirtió en necesidad vital.

La gente que practicaba el Grito Cósmico hablaba maravillas: “Nada mejor que subirse a lo alto de una montaña a gritar a plena voz hasta quedar sin aliento, y no digamos si queda grabado en vídeo para la posteridad”. En definitiva, “Una experiencia liberadora”, como acordaban todos.

A los pocos meses ya era frecuente ver a gente cosmogritando por la calle de modo espontáneo, con el consecuente escándalo. Ante este hecho, empresarios avispados abrieron en el centro de las ciudades los primeros gritódromos, perfectamente insonorizados, con sus tarifas por acceso al establecimiento, tiempo de grito, y otros extras más o menos opcionales.

Estos negocios no tuvieron mucho éxito, como era de esperar, habiendo tanto monte por ahí; así que empezaron a moverse hilos invisibles en los despachos de los concejales y en los pasillos del Congreso.

El Grito Cósmico no tardó en ser prohibido en cualquier lugar y situación. Hasta se creó un grupo especial de guardas forestales, más bien antigritales, para vigilar que nadie fuera al campo a cosmogritar.

Obviamente, la gente que se había acostumbrado al Grito Cósmico no tuvo más remedio que acudir a los gritódromos para ejercer, aunque estuviera prohibido por ley incluso dentro de estos lugares.

Pero es que la Administración, como no, hacía la vista gorda, y la excusa de la ilegalidad era perfecta para disparar los precios. “Es qué está prohibido, ya sabe, me juego el tipo”, decían los dueños de estos locales, encubiertos hábilmente, para evitarse problemas, como bingos sin licencia o armerías clandestinas.

Por eso hoy en día es frecuente oír conversaciones entre ricachones del tipo:
— Hoy he soltado uno de trescientos euros.
— Pues ayer, yo, uno de mil.

La gente de la calle se las arregla apretando un palo entre los dientes.

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