Durante un Milisegundo

Un día de verano, en una playa, en el interior de un neutrón de un átomo de hierro que había dentro de un minúsculo grano de arena, surgió la vida.

No era como nosotros la conocemos, ya que ocurría muy por debajo del reino de los quarks, allá donde las dimensiones que conocemos se transforman en grandiosa turbulencia fractal y donde sólo gobiernan las reglas de la femtodinámica, desconocidas para los humanos.

Esta vida consistía, a grandes rasgos, en patrones de espacio plegados sobre sí mismos que, llegados a cierta complejidad, se dividían en dos, repartiéndose sus características de manera desigual; sólo la más adecuada de las dos mitades resultantes prevalecía, con lo que algo parecido a la evolución, sin necesidad de mutaciones o sexo, hizo acto de presencia.

Poco después, seres inteligentes vivían en aquel neutrón. Varios billones se reproducían, crecían y hacían la guerra. Y entre ellos había literatos, filósofos, científicos y hasta soñadores, que contemplaban la lenta evolución, en su equivalente a nuestro cielo, de las órbitas que los otros neutrones y protones trazaban dentro de aquel núcleo atómico. De vez en cuando pasaba un fotón, que parecía surgir de ninguna parte, y los habitantes de ese mundo contemplaban maravillados su lento y cansino paso por lo alto, aunque siempre había algún supersticioso que lo consideraba mal augurio.

Descubrieron que muy a lo lejos había electrones, y que más allá de ellos, situados a enorme distancia, incluso existían otros átomos parecidos al suyo. Se asombraron muchísimo al comprobar, su —casi, pero no lo sabían— perfecta disposición geométrica. Especularon con la existencia de seres parecidos a ellos en los neutrones de esos otros lejanos átomos, y concentraron todo su esfuerzo y recursos en superar las enormes distancias que les separaban.

Grandes historias épicas de fracaso y triunfo, de exploración y conquista de esos nuevos mundos fueron escritas en esa época, en la que también cesaron las guerras y conflictos que habían asolado su neutrón natal. Y aunque los viajes cubrían enormes distancias y eran increíblemente costosos, incómodos y lentos, la recompensa de poder habitar en nuevos mundos, que siempre encontraban vacíos, compensaba todo sacrificio.

De vez en cuando se topaban pequeñas imperfecciones en la estructura cristalina del grano de arena, lo que al principio fue causa de agrias polémicas relativas a la creencia en el Orden Perfecto de los Mundos; pero una vez asumidas esas irregularidades, no tardaron en recibir nombres y fueron usadas como referencia para sus viajes interatómicos.

Y así llegaron un día al borde del grano de arena, que, ellos creían, era la totalidad del universo. Establecieron finalmente sus medidas, que era de casi un millón de átomos en cada dimensión, y crearon un Gran Mapa del Cosmos que se convirtió en el orgullo de la especie, el legado del esfuerzo combinado de incontables generaciones.

Después, con sus cada vez más precisos aparatos de observación, descubrieron que su universo era afectado por la presencia de otros universos que había alrededor, desgraciadamente inaccesibles. Así estos seres acabaron poniendo nombre a las tenues sombras proyectadas por cada uno de los granos de arena que había alrededor del suyo, y especularon con su número total, que algunos atrevidos científicos aventuraban que podía ser superior al centenar. También soñaron con los misterios que podrían esconder y con los posibles métodos para viajar hacia ellos algún día, en el futuro.

Mientras, su evolución como individuos y como sociedad no se detuvo en ningún momento. Al contrario. Repartidas por la totalidad del cristal, algunas colonias, de casi el trillón de ellas existentes, adquirieron una mente comunal y, por tanto, una nueva percepción del mundo, más completa, menos limitada, menos circunstancial.

Así, estas nuevas inteligencias acabaron haciendo un descubrimiento excepcional: la existencia de ondas de frecuencia ultra-ultra-ultrabaja, que hasta entonces habían pasado desapercibidas porque su oscilar era muchas veces mayor que la duración de la vida de un individuo. Y así pudieron observar aún más allá de los granos de arena adyacentes, utilizando las vibraciones correspondientes a lo que nosotros llamamos “luz”.

Descubrieron, extasiados, el romper de una ola: una estructura de tamaño inconcebible, aparentemente congelada en el tiempo. Habituados a su regular y cristalino entorno, inventaron constelaciones a partir de sus formas orgánicas; y a cada rizo, a cada gota, les pusieron nombre de objetos cotidianos: Embelito, Gualana, Uslómina… Puede que sólo en ese momento fueran conscientes de verdad, por primera vez, de lo grande que podía ser el Universo, y de lo irrelevantes que eran, quizás, sus propias vidas.

Por aquel entonces, las diversas sociedades e inteligencias del diminuto cristal de arena aprendieron a unificar totalmente sus consciencias y voluntades. El grano de arena se había convertido en un intelecto único cuando se percató, al fin, de la simetría bilateral —a pesar de su extraña conformación— de aquella otra enorme estructura: esa niña pequeña que tenía los pies metidos en el agua y que dejaba caer, de su mano, un chorro de arena al mar, sus granos perfectamente congelados en el tiempo, flotando por la eternidad.

Y así, septillones de vidas, ciclos, epopeyas, sufrimientos, experiencias, alcanzaron la singularidad perfecta. Convertido el diminuto cristal en una única consciencia, este reconoció en la niña, equivocadamente, a su creador. Y tras comprender la vanidad de todo, se apagó, entregándose a la nada.


Este relato tuvo el honor de ser incluido en el programa 379 del podcast “Desde el Sur: Explorando el Cosmos“.

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