El Kiste (Con K de Kafka)

AVISO LEGAL

Este documento está basado en hechos reales y tiene la intención de demostrar que si Kafka hubiera vivido en España, habría sido considerado un escritor costumbrista. Algunos datos y personajes han sidos modificados para evitar posibles conflictos, pero todo lo relatado aquí es cierto. Completamente cierto. Todo.

INTRODUCCIÓN

Tengo una relación especial con mi peluquero. Casi espiritual, se podría decir. Al contrario que otros clientes que se encargan de discutir con su estilista decisiones trascendentales que han de tomar (como quién ha de ganar las elecciones o qué equipo la liga de fútbol), mi peluquero y yo compartimos un ritual que respetamos escrupulosamente:

Tras un saludo formal, me siento y poso mis gafas al lado del lavabo. Él me coloca una funda sobre la ropa y una cinta adhesiva alrededor del cuello con infinita delicadeza. Aunque la ajusta a la perfección, él siempre pregunta:
—¿Aprieta? —a lo que yo respondo:
—No.
A partir de este punto, los dos en perfecto y respetuoso silencio, meditamos: él sobre cada mechón y pelo que sobresale, yo sobre cada pequeña sensación. Él sabe cómo ha de cortar y yo siempre salgo satisfecho de su labor… hasta ese día.

DÍA 0

—Tienes una calvita aquí —me dice sorprendido, al poco de empezar a cortar.
—¿Dónde? —pregunto sorprendido.
—Aquí.
Me señala a través del espejo y, en efecto, justo en el medio de la cabeza, a unos tres centímetros sobre la línea del flequillo, tengo una calvita del tamaño de un duro con un pequeño y perfecto bultito hemisférico del tamaño de una lenteja grande.
—Es una calva habriaguladumbálica —me explica… bueno, usa un término técnico, pero yo entiendo algo así.
—Debe ser un quiste.
—Sí, seguramente una raíz infectada.
Y sigue cortando pelo. Una vez más, me lo deja perfecto, a excepción de la pequeña calvita que reluce como una joya sobre mi frente.

Tras salir de la peluquería voy a mi casa y me miro el bultito, ahora perfectamente visible, en el espejo del ascensor. Me sorprende la perfecta simetría de la imperfección, tanto por su forma como por su posición, y no me desagrada del todo. Pienso por un momento que debe ser una reacción debida a algún pequeño chakra de la cabeza que no anda muy fino. Al llegar a casa llamo al ambulatorio y pido hora con el médico que me asignó la SS, con el que estoy muy satisfecho.

DÍA 1

Tras un retraso de sólo cuarenta minutos entro en la consulta. En vez de mi médico hay una chica joven, bastante guapa.
—¿Dónde esta X? —pregunto.
—Está enfermo, yo le estoy sustituyendo. ¿Qué querías?
Le enseño el bultito y ella lo examina, observándolo y palpándolo cuidadosamente. Está bastante duro.
—Es un quiste —contesta al cabo de un rato.
—Ya.
—Te voy a recetar una pomada estupenda que se llama Bitrobán —en realidad, tiene otro nombre—. Aplícala antes de dormir para que haga efecto durante la noche.
—De acuerdo.
Solucionado. La guapa doctora me extiende la receta y marcho de allí con una sonrisa de oreja a oreja.

DÍA 2

Nada más despertar compruebo con el dedo el estado del quiste tras aplicar el susodicho medicamento. Noto una especie de tumefacción blandorra. El bultito duro de ayer se ha convertido en una especie de pellejo maleable. Supongo que será normal.

DÍA 3

La noche anterior volví a aplicar la sustancia. Al levantarme me examino el quiste enfrente del espejo, y al apretar ligeramente un chorrito de pus golpea el espejo. Estupendo. Pero sigo notando una especie de bolita bajo la piel. Aprieto ligeramente pero no se mueve. Es recalcitrante, el jodío.

DÍA 4

Otra vez en el ambulatorio. Noto un hilillo de líquido que me baja por la frente. Entre ayer y hoy ya llevo gastados un par de paquetes de pañuelos: los restos oscilan entre el amarillo cremoso y el rojo coagulado.

Tras una hora de espera entro en la consulta. Otra chica distinta.
—Hola buenas, estuve aquí hace tres días y bla, bla, me recetó bla, bla, me reventó, bla, bla.
—Sí, claro —me explica amablemente—. Con el Bitrobán se ablandan los tejidos y así el quiste se puede expulsar con facilidad. Sigue usándolo.
—Bueno, esperemos que funcione —digo sin mucha confianza.

DÍA 6

—¡Esto no vale para nada!
Le enseño el espectáculo horroroso en el que se ha convertido la calvita: una especie de llaga blandorra y supurante con un bultito en medio que no se mueve ni para la de tres. Estoy de visible mala uva.
—Mire, le voy a dar un volante para la sección de dermatología del ambulatorio central y que se lo miren allí —la chica se lava las manos simbólicamente usando un bolígrafo y un complejo formulario.

DÍA 28

Tenía hora para las nueve de la mañana y ya son las diez y media. La sangre coagulada me tiñe las raíces de los pelos de la zona del quiste. Ya está de nuevo un poquito más duro, pero su forma perfecta ha pasado a la historia. Ahora es un poquito amorfo y tiene algo de cicatriz. El bultito sigue ahí y se sonríe cual gato de Cheshire. Me entretengo contando baldosas y compruebo que el suelo está combado del uso o por la mala construcción. Más bien por lo segundo. Se oye mi nombre por el altavoz:
—FFlanno dei Ttll, dctorr Mnganno.

Entro a una amplia sala y allí hay un médico de unos cincuenta años, pelo blanco, cara de médico, que se está riendo con otros dos hablando de sabe Dios qué. No tiene ninguna prisa, desde luego. Me siento.

Tras unas últimas risas el hombre parece percatarse de mi presencia, enciende un cigarrillo y se acerca a mí.
—Vamos a ver ¿Qué le trae por aquí?
—Bla bla quiste bla bla Bitrobán bla bla dos viajes bla bla mierda.
Con el cigarrillo en la mano y los dedos amarillos de nicotina inspecciona la zona afectada. Aprieta como un animal.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Coño!
Insiste apretando. Unas veces en dirección norte-sur, otras este-oeste.
—¡Ay! ¡Qué me haces daño!
—Nada, no hay manera. Mire, lo mejor es que se acerque a área de dermatología del Hospital Central y que le sajen.
—¿Y no lo puede hacer usted? —pregunto mientras aún me resbala un lagrimón por la mejilla.
—Es que aquí más bien… —y me suelta un rollo sobre funciones y presupuestos y no sé qué más. Me da instrucciones para que baje a la oficina y haga reserva en el sitio de las narices.
—Y por cierto… —me dice frunciendo las cejas.
—¿¡Qué!? ¿¡Qué!?
—No le va a volver a crecer el pelo en esa zona, porque se ve que ha estado infectada y eso a matado los bulbos pilosos de alrededor.
La calvita, entre el tiempo y los habilidosos tratamientos ya es como una moneda de cinco duros, así que la noticia me alegra mucho, como ustedes se pueden imaginar. Me despido y bajo a pedir la reserva. Casi cuarenta minutos de cola después me dan hora para dentro de mes y medio. Estupendo.

DÍA 29

En medio del sueño corro entre campos de algodón. Levanto la mirada al cielo teñido de rojos y violetas y alguien me clava una chincheta en la cabeza.
—¡Ouch!
No es ninguna chincheta. Es que me he golpeado sin querer contra el frontal de la cama, justo en medio de la zona catastrófica en la que se ha convertido el puto quiste. Lo tengo inflamado y duele. Para encima son las siete de la mañana y no tengo que levantarme hasta una hora después. Pierdo el sueño. Joder, cómo duele.

DÍAS 30—58

—¡Ouch!

DÍA 59

Mi ex calvita está llena de pelos de un centímetro de largo. En efecto, señor doctor: tenía usted razón.

DÍAS 60—81

—¡Ouch!

DÍA 82

Área de dermatología del Hospital Central. No sé ni cómo he llegado hasta aquí. He tenido que preguntar a casi diez personas en este laberinto. Media hora esperando en una sala vacía. De repente aparece un médico de gafas con cara de agobio preguntando por mí. Allí mismo echa un vistazo al desastre.
—Huy huy, esto está muy feo. No puedo hacer nada.
—¿Cómo que no?
—No, está muy mal… se ve que el nódulo del quiste está roto. Ha apretado usted muy fuerte.
—Verá bla bla Bitrobán bla bla ambulatorio bla bla y tenía un cigarrillo bla bla el tío apretó bla bla qué le voy a hacer.
—Mire, le voy a dar un volante para Cirugía Plástica y allí le atenderán.
Después de un rato de papeleo me da cita para dentro de otro mes.

DÍA 91

Esto va de mal en peor. Ahora está visiblemente infectado y no sólo duele, sino que además supura pus y mierda en los lugares más inoportunos. Mi amiga Renata, con la que estoy tomando el café, trata de convencerme mientras gasto otro pañuelo de papel.
—Usa arcilla, que absorbe los agentes inflamatorios y ayuda a que cicatrice.
—No sé, no sé… —no me acaba de convencer—. Estoy esperando a que me operen de una puta vez.
Tras más conversación me dice:
—A mí lo que más me fastidia es que encima de que el Insalud funciona fatal, no puedas elegir terapia —sigue razonando—. Si yo quiero ir a un acupuntor o a un homeópata tengo que pagarlo. ¿Por qué no lo paga la Seguridad Social?
—Quizás porque hace cien años no se lavaban las manos y ahora están endiosados.
Nos reímos.

DÍA 95

—¡Toma!
Renata me da un envase del tamaño de un paquete de maicena.
—¿Qué es esto?
—Arcilla.

DÍA 98

Pues sí que funciona la maldita arcilla. Me ha bajado la hinchazón y no duele tanto. Eso sí, mi almohada está hecha un asquito.

DÍA 116

Me acerco hasta el área de Cirugía Plástica tras dar muchas vueltas por el laberinto. Me encuentro a una enfermera y le enseño el volante.
—No, no tienes que venir aquí. Tienes que ir a otro edificio a pedir reserva.
—Perdone un momento… —no sé qué mirada pongo que la enfermera se echa un poco para atrás—. ¿Me está diciendo que me han dado hora para… darme hora?
—Humm… Sí —y se encoge de hombros.

Bajo hasta el edificio en cuestión. Pregunto a un guardia de seguridad y me dice que tengo que subir a la tercera planta. Está toooodo lleno de gente, desde familias enteras de gitanos a señoras empioladas pasando por jubilados y algunos niños que revuelven. Subo a duras penas por una escalera abarrotada y me encuentro una cola que recorre toooodo el pasillo.
—¿Es usted la última? —pregunto a una señora con pinta de maja.
—No, ¡qué va! —me señala la escalera—. La cola sigue por ahí.
Voy siguiendo en sentido inverso la ruta que hice hasta bajar a la primera planta, donde acaba la cola. Me pongo en ella.

Pasa una hora. Pasa una hora.

Por fín llego a una mesa que está al final de un pasillo donde una mujer con cara de pocos amigos aporrea un ordenador de sílex. Vamos, que es algo antiguo. Tras enseñarle el volante me da cita para dentro de dos meses.

DÍA 170

La notita que tengo al lado de la puerta me informa alegremente de que hoy es el día señalado en el que por fin se va a acabar mi pesadilla. Me van a quitar el puto quiste y voy a ser el hombre más feliz sobre la Tierra.

Subo dando saltitos hasta Cirugía Plástica y allí pregunto de nuevo. Me dicen que espere frente a la puerta de un despacho. Pasan diez minutos, quince minutos y finalmente salen una madre y su hija. Entro. Dos doctoras están dentro, una sentada y otra mirando unos archivos.
—Hola, vengo a que me quiten este horror que tengo en la cabeza.
—Si yo te conozco —me contesta la mujer que está sentada—. Tú eres Fulano de Tal. Te conozco porque cuando eras pequeño bla bla anécdota retorcidísima bla bla y además mi marido bla bla y nunca olvido una cara.
—Pues sí, soy yo —la cara de panoli que se me queda ante la prodigiosa capacidad fisionomista/mnemónica de la mujer es imposible de disimular.
—Y quieres que te quitemos ese quiste ¿eh?… Vamos a ver. Normalmente hay unos seis meses de lista de espera.
Se me cae el morro al suelo.
—…Pero me parece que hay una ausencia aproximadamente dentro de —teclea algo en el ordenador— unos veinte días, tal fecha.
Están a punto de caerme las lágrimas de la emoción. La jefa del área (pues esa era la señora) me conoce y he obtenido, sin comerlo ni beberlo, un enchufe tamaño estándar americano, de estos que necesitan adaptador para acoplarlo a la clavija del calefactor. En mi imaginación veo como le brotan un par de alas a mi ángel salvador y un rayo de sol penetra por la ventana impregnándolo de un aura salvífica. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Me apetece darle un beso.
—¡Gracias! ¡Gracias!
Me indica la fecha y parto feliz hacia la espera.

DÍA 191

Bien: la operación es hacia las nueve de la mañana. Obviamente, tendré que esperar un par de horas mínimo hasta que den el aviso. En la planta baja del hospital me pillo un buen sitio, luminoso y discreto, y adquiero un conocido periódico nacional así como un chocolate de máquina para entretener la espera. Me acomodo, abro el periódico y acerco el vaso a los labios.
—Ffuleanno de Ttaall, pplaenntta quiintta, quierófffano unno —anuncia la megafonía.
Subo las escaleras tomándome el chocolate a sorbos rápidos con el periódico bajo el brazo. Llego a la puerta del quirófano y llamo. Me abre una señora mayor vestida como con una especie de papel verde.
—¿Es usted Fulano de Tal?
—Sí —respondo.
—Desnúdese y póngase esto y esto —entregándome unos calzos de plástico para los pies y un batín del mismo verde horrible.
Detrás de otra puerta se distingue la sala de operaciones. Poso el periódico y el vaso vacío en un mesa minúscula. Me desvisto hasta quedarme en calzoncillos y me pongo los adminículos en cuestión. Tengo una aspecto de lo más ridículo, que rima con adminículo.

Nada más atravesar la puerta aparece un coro de chicas extremadamente voluntariosas con la cara cubierta con esa cosa que se ponen los cirujanos para no echar microbios por la boca y que no sé cómo se llama. Tienen un tufo a estudiantes que tira para atrás, literalmente. Trago saliva. En esto una de ellas se me acerca y me encasqueta una boina de plástico verde con elástico.
—¡Listo! —se dicen entre sí.
Yo estoy oscilando entre la perplejidad y la ira absoluta. En esto entra la cirujana, vestida de la misma guisa que las chicas. Tiene unos ojos pre-cio-sos.
—Túmbate.
Me tumbo.
—¿Dónde tienes el quiste?
Señalo el lugar, posando el dedo directamente sobre el plástico y mirando con una expresión de “Podíais haber preguntado antes de ponerme ESTO”.
Me quitan el gorro y colocan una luz potentísima enfrente de mí. El mundo se compone de blanco cegador y de dos ojos pre-cio-sos que me inspeccionan.
—Esto no se puede operar.

Me cago en ****.

—Y —en un susurro le digo— me puede explicar por-fa-vor porque no se puede operar cuando bla bla ambulatorio bla bla el tío del cigarrillo bla bla dermatología bla bla esto es cirugía plástica que reconstruyen gente cojones bla bla que problema tiene esto.
—Es que está como muy aplanado y cicatrizado y no es nada fácil de operar. Tienes que esperar —la tía me habla de tú— a que se hinche y entonces vuelves y, sin esperas ni nada, te lo quitamos.
—Bueno, anda. Resignación. Qué le vamos a hacer.

Me levanté, me vestí y me fui. Como Julio César. Parecido. Él no se olvidó el periódico.

DÍA 243

—¡Ouch!
Huy cómo me duele esta mañana. Parece que está infectado otra vez. Durante todo este tiempo no ha dejado de supurar una especie de grasilla asquerosa que se extiende como si fuera sicote (Sicote, s.m, cochambre del cuerpo humano, especialmente de los pies, mezclado con el sudor, Real Diccionario de la Academia de la Lengua). Claramente esto va a ir a más. Teniendo en cuenta que esta gente va a tardar un par de días como mínimo en operarme, decido acercarme al hospital.

El hospital. De nuevo me encuentro al ángel salvador. Quizás la única persona que me ha ayudado genuinamente en toda esta pesadilla.
—¡Hola! —sonrisa de oreja a oreja—. Vengo a que me operen.
—¿Pero no te habían operado ya?.
—No. Es que resulta que la cirujana me dijo que tenía que esperar a que se hinchara para poder quitarlo bien, y que me haríais la intervención inmediatamente con sólo pedirlo.
En esto entran dos médicos con pinta de reputación. Mi ángel les comenta el caso. Me inspeccionan por encima y uno de ellos dice:
—¡Pero cómo te van a operar esto! ¡Si está infectado!

Cierro los ojos. Contengo la respiración.

—¡Miren! ¿Saben que les digo? ¡Qué voy a dejar que la Madre Naturaleza me cure porque bla bla ambulatorio bla bla dermatología bla bla mierda ya bla bla hasta los cojones! —y no les suelto lo de lavarse las manos porque aún tengo un resquicio de control.
—¡Qué no. hombre! —de repente hacen frente común.— ¡No, hombre! ¡Tranquilo! —gritan todos a la vez—.
—¡Que no, coño, que estoy harto, que me voy!
—Cálmese. Mire, espere a que le pase la infección y vuelva por aquí que le operamos sin excusas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, *suspiro*, vale.
—Le voy a dar una receta de una pomada muy buena para que se le cure la infección.
Miro la receta al salir del despacho: Bitrobán. La tiro en una papelera de vuelta a casa. No sé si reír o llorar.

DÍA 261

Parece que me duele menos y que remite la infección. Me acerco al hospital. De nuevo entro en el despacho y allí se encuentra mi ángel. No parece tan contenta de verme esta vez, después del follón que monté en la última visita. Pero aún así es tan amable como siempre.
—Buenas, vengo a lo del famoso quiste.
—Vale, espera que mire un momento en el ordenador.
Pone cara de sorpresa.
—Fulano.
—¿Qué? —me temo lo peor.
—Aquí figuras como ya operado.

En este momento se adueña de mi mente la personalidad número B. Me veo a mi mismo sonriente y desnudo, la cabeza rapada, una ametralladora M60 enganchada con una cadenita al glande del pene y, detrás de mí, el hospital envuelto en una tormenta de fuego. Una vocecita sale de mí interior, desde los talones y dice a través de mis labios, en un susurro incandescente:
—¿Cómo es que no se os muere más gente?
—No te creas: se nos muere mucha.

DÍA 280

Finalmente mi ángel me consiguió cita para hoy. Lo que era un quiste hace casi un año ahora es un mapa lunar.

Oscuros pensamientos se apoderan de mí. Está claro que hoy TAMPOCO va a poder ser, por la posición de los planetas o la humedad ambiental. Mi aura se pone negra y la temperatura baja quince grados a mi alrededor a medida que avanzo por el pasillo del hospital. Las enfermeras echan a correr cuando pasan a mi lado. Llego al quirófano. Espero. Mientras tanto, emito por los ojos rayos azules que descascarillan poco a poco la pintura de la puerta.

Por fín se abre. La señora mayor de la otra vez examina la puerta, alza las cejas y me invita a pasar y desnudarme. Lo hago leeentamente. Entro a la sala de operaciones donde de nuevo un coro de chicas (estudiantes: ¿las mismas? ¿otras?) corretea entusiasmado. Una de ellas me intenta poner el gorrito de los cojones en la cabeza. Obviamente son OTRAS estudiantes. Lo desintegro en llamas con un gesto de la mano. Silencio atronador. Me tumbo en la mesa.

Aparece la chica de los ojos pre-cio-sos y dice:
—¡Allá vamos!
En este momento mis defensas caen. Ilusión momentánea de un Cosmos en armonía. Una estudiante me afeita, otra me pone la anestesia y la cirujana, bisturí eléctrico en mano, se inclina sobre mí.
—Si quieres cualquier cosa sólo tienes que pedirlo, ¿vale? —me dice.
—Una vez pidieron un cruasán —comenta una de las estudiantes.
—¡Ja, ja! —reímos todos.
—Pues sí, podías hacerme un favor —contesto.
—Dime
—Podías decirme lo que haces a medida que operas.
—Oye guapo —suelta la cirujana—. Esto exige concentración y no puedo andar radiando la operación.

Vete a la mierda, hija de puta.

—¿Qué?
—No, nada.
Priss, priss. Olor a cerdo quemado. Priss, priss. La verdad es que con anestesia y todo chincha bastante. Priss, priss. Me ponen los puntos.
—Je je, tenías toda una familia de quistitos ahí dentro.
—Je je, no me sorprende —contesto—, después de tantos tratamientos…
—Je je —tampoco se ríe con demasiadas ganas—. Pues nada, dentro de quince días acércate al ambulatorio para que te quiten los puntos.

Eso te crees tú.

DÍA 281

—¡Ay!
Cada vez que me peino me engancho los puntos y me da una risa, oye…

DÍAS 282—296

—¡Ay!

DÍA 297

—Acércate, querido hermano. Toma, coge las tijeras.
—¿Para qué? —me responde mi ídem.
—Para que me quites los puntos.
—¿Pero eso no te lo harán mejor en el ambulatorio?
—No pienso volver ni atado.
—¡Pero es que yo no sé!
—Tú corta.
Dos minutos después los hilillos negros emprenden un viaje iniciático a través del inodoro. Examino el resultado de la operación y más o menos es el siguiente: Cicatriz amorfa rodeada de un halo de piel blanca y con un agujerito de unos dos milímetros de diámetro, más o menos, abajo y a la derecha. Habrá de supurar mierdilla durante muuucho tiempo.

EPÍLOGO

—Coge las maracas —dice mi maestro.
Estoy desnudo hasta la cintura y me acabo de colocar la serpiente por los hombros. Agarro firmemente las maracas de calabaza que me entregan.
—¡Ahora invoca a Xlo!
Comienzo a bailar alrededor del círculo que rodea a mi paciente, tumbado en el suelo. Agito las maracas a la vez que con el pie izquierdo doy pequeños saltitos mientras golpeo con el derecho, levantando polvo. La serpiente me transmite su energía ctónica, que se expresa a través de mi garganta:
—¡Xlo ak-ham! ¡Xlo mik-ham! ¡Xlo ak-ham! ¡Xlo mik-ham!…
La cicatriz de mi cabeza empieza a brillar con un resplandor púrpura. Es su manera de recordarme que gracias a ella he encontrado mi verdadera vocación.

Me siento realizado… ¡Gracias Kiste! ¡Con K de Kafka!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>