El Mercado de Futuros del Futuro

Una vez superada la Gran Crisis surgió un problema enorme: y es que absolutamente TODO lo que había en la Tierra, encima y debajo del suelo, dentro y fuera de la mente, ya estaba repartido.

El que se convertiría en el economista más reputado de la década de 2020, Sir John Badmilk, dió rápidamente con la solución en su libro Cosmonomics: ¿Para qué limitarnos a un planeta, cuando, a falta de evidencias sobre otros mundos habitados, el Universo entero nos pertenece?

Bien es cierto que diversos tratados internacionales habían limitado hasta entonces la explotación económica del espacio exterior; pero, ojo, eso lo habían firmado los antiguos gobiernos. Las nuevas SoCor, o Corporaciones Soberanas, no dudaron en considerar aquellos papeles una “trasnochada anomalía progre”, como literalmente afirmó Esperanza Aguirre, Primera Dama y CEO de Espetrol, una de las quince SoCor dotadas con armamento nuclear que acabaron constituyendo el cártel Buenrollito XXII.

Repartirse la Luna fue más o menos fácil, en función del volumen de acciones de cada compañía. Sólo hubo un incidente reseñable, y es que una pequeña SoCor hindú se opuso, debido a circunstancias financieras momentáneas que le perjudicaban enormemente en el reparto: pero una discreta detonación de 7 megatones sobre su sede central en Madrás —nadie reconoció oficialmente quién había sido— acabó con sus pretensiones. Sus acciones fueron repartidas equitativamente entre el resto de compañías soberanas, en una muestra inigualable de solidaridad empresarial.

Los problemas empezaron de verdad a la hora de quedarse con los derechos de explotación de otros cuerpos del Sistema Solar. Mars SoCor, fabricante de software geoestratégico, aludió que Marte era suyo por razones nominales, lo que provocó cierta indignación en sus colegas. Del mismo modo otras corporaciones soberanas aludieron motivos aún más peregrinos para quedarse con Venus, Mercurio y otros cuerpos menores. De ahí las pequeñas guerrillas que comenzaron a asolar el mundo de los negocios, con multitud de bajas entre empleados-súbditos de unas y otras SoCor, la mayoría debidas al envenenamiento de pozos, el uso de bombas sucias, ántrax y otras tácticas habituales entre grandes empresas.

La solución a este problema la dio otro gran economista, James Motherfucker: crear un mercado de futuros con respecto a la exploración del Cosmos. Así, se venderían los derechos de explotación de los cuerpos celestes en vistas a su futura colonización.

Hubo grandes luchas por Sirio, Alpha Centauri, la estrella de Barnard y otras luminarias cercanas con potencial de negocio. Sorprendentemente, y por primera vez en la Historia, la Astronomía comenzó a recibir fondos de verdad, y las SoCor realmente ambiciosas construyeron gigantescos telescopios orbitales de panal con treinta y hasta cincuenta metros de diámetro. Cada cuerpo nuevo que estas máquinas descubrían pasaba a formar parte de los activos de la compañía que había construido el instrumento y el objeto recién hallado se hacía así susceptible de entrar en el floreciente mercado de futuros estelar. La Economía Mundial penetró así en una fase de crecimiento sin precedentes.

Afortunadamente un asteroide de 14 kilómetros de diámetro, que cayó sobre el Océano Índico, acabó con toda esta gilipollez. Era propiedad de un banco de inversión.

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