El Señor de los Errepés

Estaba yo programando tranquilamente en mi oficina una noche de tormenta cuando, de improviso, un rostro horroroso, deforme, desencajado, resplandeció por un momento al otro lado del cristal de la ventana.

El susto fue de órdago. Aun así, reaccioné inmediatamente, ya que estaba en una décima planta, y abrí la ventana para que pudiera ponerse a salvo el desdichado que, sin saber yo como, había llegado hasta allí.

Con una sorprendente agilidad saltó hacia al interior y, empapado y sucio, se apoyó con las cuatro extremidades sobre el suelo. Mientras me clavaba la mirada, repetía para sus adentros “Mi TØ, mi TØ”.

— ¿Quién eres? ¿Qué hacías ahí? —pregunté mientras cerraba la ventana para que no entraran la lluvia y el viento—.
— ¡¡No importa quién soy, sino quién era!!… mi TØ… yo hace tiempo era un programador, pero caí en las garras del MAL… TØ, tabla bonita… ¡Al igual que has caído tú!
— ¿Yo en las garras del mal? ¿No te estarás equi…?
— ¡MIRA! —me interrumpió a la vez que abría el cajón de mi mesa buscando algo que parecía saber que estaba allí. Tras unos segundos sacó el CD original de ZAB— ¡MIRA BIEN!
— Sí, bueno, eso es el CD con el software que utilizo para programar ZAB.
— ¡ES MUCHO MÁS QUE ESO! —gritó con los ojos muy abiertos, para luego seguir musitando— …select * from TØ…

Repentinamente, con una fuerza sorprendente, me agarró y comenzó a arrastrarme hasta la salita del café. En ese momento pasé miedo por primera vez y me arrepentí de haberme quedado hasta más tarde que el resto de mis compañeros: estaba completamente a merced de este individuo perturbado, harapiento y maloliente.

Una vez en la salita, el personaje me sentó, casi calzó, en una de las banquetas que usamos para comer. Luego abrió el microondas, metió el CD dentro y giró la rueda de encendido.

— ¡Vas a estropear el disco, o peor aún, el microondas para el café! —dije yo—.
— ¡SILENCIO! —me espetó mientras un nuevo relámpago, esta vez muy cercano, inundaba su cara—.

Tras casi medio minuto de funcionamiento, el loco, que seguía musitando por lo bajo “TØ, TØ”, sacó el CD del microondas y me lo arrojó a las manos. Instintivamente lo agarré, y por un momento pensé que me había quemado.

Pero no. El disco estaba completamente frío, lo que en principio no era de extrañar. Sin embargo, lo que parecían unas letras minúsculas resplandecían en el borde del agujero interior.

— ¿Qué es esto? ¿Qué pone aquí? —dije yo—.
— Está escrito en el lenguaje de Wolldorf, que no pronunciaré aquí —contestó—. En lengua común dice: “Un errepé para gobernarlos a todos, un errepé para atraer a todos los programadores y atarlos en las tinieblas”.

Y comenzó a saltar y bailar, riendo como un poseso, con la mirada perdida en el techo. Aproveché ese momento para agarrar la cafetera y estampársela en todos los morros. El bicho, el pobre loco degenerado, cayó inconsciente al suelo.

— Y lo peor es que no le falta razón —me dije en voz alta antes de coger el teléfono para llamar a la policía—.

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