Historia de Aldrín y Asdrón

— Venga, cuenta una historia — dijo uno de sus maridos.
— Cuéntanos la Historia de Aldrín y Asdrón —animó otro de los presentes—.
— Eso, La historia de Aldrín y Asdrón / Los gemelos guerreros / Que fueron a la Luna / Y luego volvieron. Creo que tu bisnieto Radio todavía no la ha oído —dijo un tercero—.
— Yo tampoco —dijo Furgoneta, una de las niñas—.
— Ya está, ya está bien —dijo la abuela—. La contaré.
— ¡Bieeen! —respondieron a coro los niños presentes, que no eran pocos—.
— Hace muchos miles de años, muchos muchos muchos miles de estaciones, la gente que vivía en el mundo estaba dividida en dos: la roja y la azul. No se hablaban y…
— ¿Por qué estaba dividida en dos? —dijo Esparadrapo, que era un poco mayor que Radio—.
— Porque había una cosa que se llamaban tribus.
— ¿Y qué eran las tribus? —insistió el niño, al que ya estaban avisando con gestos para que no siguiera interrumpiendo—.
— ¡Pues la verdad es que no lo sé muy bien! —explicó la abuela— Pero eran algo así como un pensamiento que vivía en la cabeza de la gente para hacerse distinta una de otra, y luego hacían cosas muy raras por él. Como la de la historia que estoy contando… ¿Me dejáis seguir?
— Sigue, abuela —dijo una de sus hijas—. Hoy es tu día.
— Como iba diciendo, hace mucho tiempo la gente estaba dividida en dos: la roja y la azul. Y no se hablaban. Y no sólo no se hablaban sino que además, los rojos querían pintar a los azules de su color, y al revés. A veces cuando se cruzaban se mantenían lejos unos de otros, enarbolaban palos y todos tenían miedo.
— No me puedo creer que algo así ocurriera —dijo alguien de los mayores—.
— Que no me interrumpáis. Un día llegaron a la conclusión de que para imponerse hacía falta conseguir algo muy difícil, realmente difícil. Y además hacerlo antes que el otro: piedras de la Luna.

Todos miraron hacia el cielo y contemplaron el satélite por un instante.
— Tanto los rojos como los azules empezaron a pensar como podrían, primero que el otro, conseguir piedras de la Luna. Y entonces llegaron los guerreros gemelos Aldrín y Asdrón, acompañados por el mago Colín. Colín convenció a los sabios de entre los azules para que construyeran un poste mágico de metal, muy muy muy grande, y en lo alto de él pusieran un gran nido de pájaro.

La abuela se aclaró la garganta y continuó.
— Mientras hacían ese trabajo, muchos hombres salieron a la caza y domesticación de dos animales muy grandes, fuertes y raros: un águila y una araña gigantes. No sólo habría que cazarlos, sino que habría que enseñarles a obedecer a sus amos. Todo esto costó mucho esfuerzo y muchas vidas, pero es que la hazaña de los guerreros gemelos estaba a la altura de semejante sacrificio.

Uno de los adolescentes al fondo miraba con escepticismo y un tanto de sorna a la abuela.
— Qué ocurre, Cloro… ¿No te crees lo que cuento? —dijo ella—.
— No, no es eso. Es que ahora vas a contar como metieron mucho aire en una botella para poder respirar en el camino a la Luna. Y lo del poste y los animales me lo creo, pero ¿meter tanto aire en una botella? Eso es imposible —dijo el chaval—.
— Es una historia que ocurrió de verdad —respondió la abuela—. Y no la cuentes por mí.

Y dirigiéndose de nuevo al público, formado casi íntegramente por su numerosa descendencia:
— Llegó un día en el que Aldrín y Asdrón se subieron al nido de encima del poste, vestidos con sus armaduras plateadas, acompañados por un águila fiel y una dócil araña, que nadie recuerda como se llamaban. Entonces alguien arrimó una llama al poste y este, con el fuego, empezó a crecer muy alto, cada vez más alto, altísimo, por encima de las cumbres de las montañas y hasta de las nubes…
— Eso sí me lo puedo creer, y no lo del aire —interrumpió Cloro—.
—…y cuando el poste dejó de crecer, el nido se separó de él y quedó flotando en la inmensa oscuridad que hay entre la Tierra y la Luna, donde la Tierra pierde el poder de pegarte al suelo.
— Y chupaban aire de una botella para respirar —volvió a interrumpir Cloro—.
— ¡Un respeto a la matriarca, chaval! —dijo uno de sus tíos—.
— Sigo contando —dijo la abuela—. Una vez cerca de la Luna, el mago Colín se subió al cuello del águila y le hizo dar vueltas alrededor de la Luna. Después Aldrín y Asdrón se introdujeron en el vientre de la araña, que se descolgó del pájaro usando un hilo muy fino y se posó en la Luna. Como los guerreros llevaban con ellos una lupa muy grande, toda la gente, rojos y azules, pudieron ver desde la Tierra como cogían las ansiadas piedras. Y los rojos se pusieron tristes, mientras Aldrín, Asdrón y Colín volvían a la Tierra cabalgando el águila. Poco después de aquello, los rojos despertaron convertidos en azules de un día para otro. Y más tarde aún, cuando parecía que todo el mundo ya iba a ser del mismo color para siempre, la gente empezó a cambiárselo a lo loco, discutió, y luego no se ayudó entre sí durante la Gran Tormenta. Pero esa es otra historia que todos conocéis ya.

Hubo un momento de silencio.
— Vaya historia más rara, bisabuela —dijo Radio, que hasta entonces se había limitado a escuchar—. ¿Es de verdad?
— Claro que es verdad, tonto —respondió ella—. ¿Por qué no iba a serlo?
— Porque no entiendo qué es lo que quiere decir. No tiene sentido. Ir a la Luna por piedras me parece una tontería.
— Precisamente por eso es probable que sea verdad; porque no se acaba de entender del todo, porque no es lógica del todo.

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