Hollywood

A principios del siglo XX, del templo se alzó la voz, que se dirigió a la multitud de adoradores. Hollywood carraspeó, pensó en improvisar un chiste y acto seguido lo descartó.
—Pueblo de América, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡Al individuo! — respondió un billón de lo mismo.
—A partir de este momento, haré películas donde veáis matar individuos.

Al cabo de unas décadas, Hollywood juzgó que era necesario preguntar de nuevo a los humanos. Retornó al templo, donde le esperaban los hijos de los hombres que había conocido.
—Ciudadanos de América, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡A los automóviles! — respondieron voces entre un leve tufillo a gasolina.
—Entonces, haré películas donde veáis destrozar automóviles.

Hollywood dejó pasar el tiempo hasta la siguiente generación, y volvió al templo henchido de arrogancia.
—Gente de América, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡A la televisión! — contestaron rostros inexpresivos y extrañamente iluminados con un parpadeo de nieve.
—De acuerdo, rodaré películas donde veáis romper televisores.

Esta vez Hollywood no esperó tanto, y no tardó mucho en subir al templo de nuevo. Como él imaginaba, la llanura estaba abarrotada.
—Americanos, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡A los ordenadores! — contestaron todos, incluida alguna voz un tanto metálica.
—Haré películas donde veáis destruir ordenadores.

Hollywood ardía de impaciencia por volver al templo, así que nada más llegar a su hogar, se dio la vuelta y deshizo el camino.
—Hijos de América, ¿a quién adoráis? — preguntó Hollywood.
—¡¡¡¡A Hollywood!!!! — Gritaron todos a la vez.

Y siguió haciendo películas.

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