La Oficina sin Hilos

Como todo el mundo sabe, antes de que existieran los ordenadores la contabilidad era un follón.

La manera tradicional de almacenar la información de las diversas transacciones era usando pequeñas pellas de barro conectadas unas a otras mediante hilos de algodón, lana o esparto. Ya sabéis: conos, pedidos; los cubos con una raya, facturas; las bolas con un agujero, albaranes, etc… Estos hilos permitían, y siguen permitiendo hoy en día, relacionar unos documentos con otros de manera que todo quede atado y bien atado, valga la metáfora.

Obviamente, en las oficinas pequeñas con mucho trajín, al cabo de cierto tiempo resultaba muy difícil moverse. En una ocasión vi una foto de una oficina de los años 30 envuelta por una telaraña de más de cuarenta mil kilómetros de hilo. Bueno, eso ponía el pie de foto. Pero es plausible.

¿Quién no se ha reído en las tópicas películas antiguas cuando, tras declararse a la secretaria, el oficinista patoso de turno se enredaba con los hilos y, en consecuencia, destruía la información de la empresa enviándola al garete? Eso sí, se ríen menos los oficinistas que tienen que quedarse hasta altas horas de la noche desenredando documentos. Otro gag recurrente de estas películas es el del empleado que tira de un hilo para encontrarse finalmente deshaciendo el traje de su jefe.

¿Quién no sospecha de las empresas que no muestran al público sus oficinas? Cierto es que hay, aunque pocos, departamentos con sus panoplias bien ordenadas y ningún hilo fuera de su vitrina. Pero muchos hemos visto que la mayoría parecen la explosión, congelada en el tiempo, de una fábrica de espaguetis.

Los economistas dicen que este sistema ha experimentado diversas innovaciones con los siglos: por ejemplo, en la edad media un monje inventó el hilo doble y su trenzado; más tarde, ya en el XIX, cuando las anilinas de fabricación alemana y la automatización de la industria textil abarataron los costes, se popularizaron los hilos de colores. De manera optimista, la aparición en la década de los 50 de los primeros ordenadores hidráulicos dotados con micropoleas auguró el fin de la oficina con hilos en menos de diez años.

Y es cierto que algunos procesos se han simplificado y automatizado. Es habitual, hoy en día, tener hiladoras continuas autoanudadoras con teñido en tiempo real. Las pellas ahora son de plástico y su tamaños más o menos homologados. La calidad de los hilos, de nylon, y hasta de lycra en algunas oficinas lujosas, evita las roturas y los constantes nudos y renudos de los viejos hilos de algodón y bramante.

Pero está claro que el sueño de la oficina sin hilos está aún por alcanzar.

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