Luego Dicen Que Estoy Loco

A ciertas horas no se ve mucha gente por la calle, a excepción de ciertas personas que, como yo, gustan del jolgorio y, también, de los paseos en solitario.

Les voy a hacer partícipe de la sorprendente anécdota que hubo de ocurrirme unos días atrás durante uno de esos garbeos. Caminaba ya de vuelta a mi hogar cuando para mi sorpresa un susurro me reclamó:
—¡Eh, mozo!— dijo una voz áspera y oculta. Escondido detrás de un montón de cubos de basura se hallaba uno de estos curiosos hombres, bebedores, filósofos, niños y ante todo vagabundos, que pueblan nuestras calles. Me sorprendió en efecto encontrarme a un personaje así en una rúa como aquella, avenida de mero tránsito para vehículos de motor y de aceras casi nuevas, más por el poco uso que por recientes.

Me acerqué, pues estos seres gustan de ser escuchados y a mí nunca me falta tiempo para esa actividad.
—Oid —prosiguió—. Quedaos conmigo y seréis testigo de un evento muy curioso. Luego dicen que estoy loco.
—¿Qué clase de evento, compañero?
—Magia. Pero no nos debe ver nadie, pues entonces no se produciría el magnífico fenómeno.

Parecía divertido, así que me acurruqué contra aquel hombre que olía a whisky más que algunas bodegas de Escocia. No dejaba de señalar en dirección a un semáforo para peatones que hallábase enfrente de nosotros, a poca distancia.

Pasaron unos minutos, y en uno de estos raros momentos de absoluto silencio comprobé con espanto como los hombrecitos de color rojo y verde que habitan en todos los semáforos se encendieron a la vez. Mi espanto se agrandó cuando las comúnmente estáticas siluetas comenzaron a otear a ambos lados de la calle para —sin duda— comprobar que se encontraban solas. Acto seguido el hombrecillo verde subió al piso de su compañero y comenzaron a realizar el acto sexual con evidente regocijo.

—¡Dios mío! —exclamé— ¡Pero si se están dando por el c…!
—Hablad más bajo, pueden asustarse —me recriminó—. No, hijo, no es lo que vos pensáis. Son hombre y mujer. El verde es móvil, masculino, activo, el Cielo desencadenado y frenético. La silueta roja representa a una mujer, principio pasivo, sujeta a la Tierra y paciente como los ciclos de las cosechas. Lo que estáis contemplando no es una chanza de Dios, sino su danza, la de los elementos en su interminable ciclo de separación y reunión.

A todo esto, un servidor estaba perplejo y era incapaz de pronunciar una sola sílaba mientras las figuras imposibles realizaban las más variadas y fantásticas maniobras, así como representaban toda una completa iconografía erótica con sus cuerpos luminosos. En determinado momento, el señor verde se quitó el sombrero y pude comprobar como una simple bolita luminosa —su cabeza— se las arreglaba para expresar lujuria.

Salí del éxtasis cuando el hombre que me había mostrado tal maravilla se levantó de un salto tras mirar la hora en un campanario que rompió a sonar repentinamente dentro de su abrigo.
—¡Huy, huy!¡He de irme!— gritó, lo que causó que en un instante las figuras del semáforo retomaran sus papeles habituales.

Mi curioso vagabundo silbó, y ante mis ojos apareció, como surgido de la nada, un impresionante caballo, negro como un futuro y alado cual Pegaso mitológico, que no motorizado; un ser extraordinario al cual se subió mi —lo digo de corazón— amigo.

Una vez convertido en jinete me pidió un cigarro para disfrutarlo antes de acostarse, según me explicó. Le respondí que no tenía tabaco debido a que un servidor había, al fin, dejado el vicio. Elaboró una mueca comprensiva y partió veloz hacia las estrellas.

Y luego dicen que YO estoy loco.

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