Yo, Torcuato Z.

A veces, cuando pienso en mi situación actual, encuentro terriblemente irónico que, siendo un renacuajo, jamás hubiera creído en ninguno de los seres sobrenaturales con los que se intenta amaestrar a los niños: el hombre del saco, la momia, el vampiro, y toda esa plantilla de terrores prefabricados y asumidos.

Eso no significa que fuera inmune al temor; mi miedo, como el de la mayoría de los niños, era mucho más abstracto que el simbolizado por cualquiera de esos personajes. Aún conservo recuerdos de mi primera infancia y de mis reacciones hacia los sitios oscuros o en sombras, y puedo asegurar que mi preocupación no era tanto la oscuridad en sí como los seres que la habitaban y podían surgir de ella, bastante más inhumanos y alienígenas de lo que se supone recomendable para una mente infantil. Y no dudo que, seguramente, así le ocurre a todo el mundo durante la niñez.

Más adelante, a medida que fui creciendo y superando esos miedos primitivos —a la vez que descubría otros más sofisticados, como los exámenes del colegio— me encontré conque las películas de terror, supuestamente garantizadas para asustar, me dejaban completamente indiferente, cuando no se limitaban a divertirme por lo sangriento o lo cutre.

Ya más mayor, más consciente y más estudioso, me di cuenta de cómo todos esos personajes arquetípicos en los que se basan la práctica totalidad de historias de miedo no habían tenido siempre la misma forma, sino que habían experimentado cambios, sobretodo de imagen, en la mente de vosotros, infelices meros humanos. ¿No tengo razón? ¿qué se puede decir de, por ejemplo, los vampiros? De Vlad el Empalador al Drácula de Bram Stoker hay mucho más que un abismo de siglos. ¿Qué tiene que ver este último, con toda su sofisticación, con el Nosferatu de Murnau, más rata que otra cosa? Y eso que dejo fuera a los actuales chupasangres ñoñoeróticos con morriña existencial que tanto daño están haciendo al género.

Algo parecido ocurre también con los zombis, y esto me toca más de cerca, os lo aseguro. Inicialmente esclavos redivivos sin volición ni consciencia a causa del vudú, en la famosa película “La Noche de los Muertos Vivientes” pasaron a ser zampacerebros bamboleantes y torpes, casi frankensteinianos, para, recientemente, acabar liberándose de sus taras y convertirse en atletas consumados prácticamente invencibles. En cualquier caso, su zombicidad lentamente dejo de ser producto de la magia caribeña, localista y supersticiosa queramos o no, para convertirse en algo tan prosaico y universal como una infección transmitida a mordiscos.

Pero… ¿hay algo de verdad en lo que respecta a todas estas afirmaciones? Yo les puedo asegurar que sí. No tanto como sería de suponer, pero no tan poco como podrían argumentar los escépticos.

Porque yo, Torcuato Z., soy un zombi.

Y hoy les voy a contar la verdad. Puede que no toda la verdad, pero, al menos, mi verdad.

Todo comenzó durante una excursión en solitario durante mis vacaciones de verano. Tras recorrer un largo sendero que atravesaba una serie de montañas y colinas, llegué a un promontorio elevado y allí, al borde de un peñasco, me acosté sobre un lecho de hierba muy acogedor para contemplar las hermosas vistas que tenía delante y, posteriormente, echar una siesta.

El despertar no fue agradable, ya que cuando abrí los ojos vi a quien parecía un pastor, increíblemente sucio y con ojos inyectados en sangre, agarrándome por el cuello con una fuerza descomunal. Parecía tener la intención, por sus esfuerzos, de arrancarme la cabeza a mordiscos. Inmediatamente comenzó un forcejeo que sin duda yo habría perdido si no fuera porque, gracias a la pendiente en la que me encontraba, empezamos a resbalar sobre la hierba en dirección al precipio que se encontraba unos metros delante de nosotros. Al alcanzar el borde pude agarrarme a un arbusto con ambas manos. El pastor, o lo que fuera, no tuvo tanta suerte: perdió pié, y en un último intento para no caer, se soltó de mi cuello para agarrarse a la camiseta que yo llevaba puesta, que se rompió en el acto. Mi agresor cayó al vacío. Cuando me incorporé pude ver como su cuerpo aún seguía rebotando, hecho un guiñapo, peñas abajo.

El susto evidentemente fue enorme, y casi más durante los instantes siguientes a la caída, pues me di cuenta de que, sin testigos, era fácil acusarme de asesinato, y mi mente ya estaba elucubrando explicaciones para contar si alguien llegaba a preguntarme por el incidente. Pero cuando noté la sangre chorrear sobre mi pecho, me di cuenta de que el pastor loco había conseguido morderme la nariz; y al tacto pude apreciar pequeñas heridas en mi cuello causadas por sus uñas. Aunque las heridas claramente no eran graves, sin descartar la posibilidad de infección, y la hemorragia no era ni mucho menos mortal, me dirigí a toda prisa al pueblo más cercano, mucho más seguro de poder explicar los hechos y demostrar mi inocencia.

Una vez allí, el pueblo se volcó conmigo: una veraneante, de profesión médico, me lavó y vendó las heridas, confirmando que mi apéndice nasal seguía entero, a pesar del mordisco. Otros trajeron comida y me prestaron ropa. Hasta la pareja de la Guardia Civil se mostró muy comprensiva conmigo, al contrario de lo que me habían sugerido mis temores iniciales. Resulta que el pastor —en efecto, mi agresor vivía en el monte con sus ovejas— era bastante conocido en la zona y no disfrutaba de muy buena fama. Desde que se había establecido, hace unos años, había rechazado todo contacto humano y además se habían producido un par de desapariciones, muy extrañas, de excursionistas como yo; y todas las sospechas de todo lo malo que ocurría en los montes, hasta los incendios forestales, apuntaban siempre hacia él, aunque nunca habían podido probar nada. Hasta ese día, claro.

Tras recabar toda la información de la que yo disponía, los agentes de la ley me dejaron en libertad con el aviso de que en los siguientes días posiblemente me llamarían a medida que investigaran el caso. Finalmente no lo hicieron, ni en los siguientes días ni después; pero para mí, la verdad, las vacaciones ya se habían fastidiado, así que decidí pasar las dos últimas semana de libertad en mi propio hogar, dedicado a pequeñas chapuzas y tareas domésticas, como pintar el techo de la cocina, que tenía muy descuidadas desde hacía tiempo y que siempre había postergado con cualquier excusa.

Y a partir de ese momento comenzaron los cambios en mí, poco a poco. Yo no sospechaba ni por lo más remoto que me había mordido un zombi y que yo me había transformado en uno; pensaba en el pastor como en un simple perturbado peligroso que estaba mejor muerto que vivo.

Lo primero que percibí, y que en principio achaqué a un estado de ánimo un tanto oscuro, es que no tenía tantas ganas de salir a la calle, a que me diera el sol, como antes. Una parte de mí se empezó a preocupar al comprobar que mis pequeñas aficiones, que no es necesario mentar aquí, ya no parecían satisfacerme como lo hacían. Por contra, progresivamente me fui haciendo cada vez más indolente, mental y físicamente, hasta llegar a un punto en que, apenas a una semana de mi ordalía en el monte, atrapé la uña del dedo índice de mi mano derecha al cerrar un cajón de la cocina y no me dolió en absoluto. Más aún, en ese momento en mi mente se mezclaron un sentimiento de sorpresa —por no sentir dolor— con una extraña, y hasta reconfortante, indiferencia.

Ahí fue cuando me di cuenta de que me estaba pasando algo; sobretodo por esa sensación interna y abrumadora de pasotismo total. Cada vez me daba más igual todo, y paradójicamente, hasta disfrutaba esa ausencia de disfrute o pesar.

Pero ese estado no duró mucho: Al día siguiente comenzaron los problemas.

Si hasta entonces mi apatía se había convertido en un regalo, por debajo de ella comenzó a surgir un hambre feroz, una necesidad intensa. Y esto ocurrió en la carnicería del Mercadona, justo en el instante en el que vi un blíster con sesos de cordero a la venta. No era la primera vez que lo veía en mis visitas al súper, y aunque como alimento normalmente no me producía siquiera un especial asco, mi boca salivó profusamente. Añadí los sesos a mi carrito y me dirigí a la caja corriendo, tal era mi ansia por llegar a casa para saltear ese pequeño cerebro con ajo, perejil y una gota de aceite. Pero ni siquiera llegué a cocinarlo, ya que tras entrar en mi casa y vaciar las bolsas, devoré los sesos crudos, a grandes mordiscos.

Este deseo carnal —nunca mejor dicho— se hizo cada vez más intenso. A partir de entonces buscaba y rebuscaba en los supermercados y carnicerías, a la caza de sesos de animal, que no eran precisamente un producto popular y fácil de encontrar. Ya en esos días mi higiene personal y mis modales estaban seriamente comprometidos por mi autoabandono cada vez mayor, y yo mismo me sorprendí en una tienda por reprender a un tendero, de muy malos modos, por no tener sesos. La gente comenzó a rehuirme sin que yo quisiera darme cuenta de ello.

Dios mío, me había convertido en un yonqui de cerebros a todos los efectos. A mis complejos sentimientos de ansia e indiferencia se les unió una gran claridad, atando cada vez más hilos y dándome cuenta de que todo, absolutamente todo, estaba relacionado con esa agresión en el monte de dos semanas atrás. Yo me había convertido en lo mismo que el pastor, lo que a la vez me aterraba… y me daba igual.

Me sentía muy perdido cuando empezaron a llamarme del trabajo para preguntar por mi ausencia; mis vacaciones se habían terminado y yo estaba a uvas, pensando y soñando mi peculiar monotema: comer cerebros todo el santo día. Ni siquiera contestaba al teléfono o cuidaba los más elementales deberes cotidianos. No digamos del color del techo de la cocina.

Y entonces alcancé el punto de no retorno.

Por algún extraño motivo me acuerdo del momento exacto: tres de septiembre, siete de la tarde. Ese día llamó a la puerta de mi casa un compañero de trabajo. Venía a buscarme nada más ni nada menos que Pedro el Putas, un contable cuarentón, probablemente la persona más despreciable, estúpida, soberbia, molesta y pesada que había conocido en toda mi vida. Le abrí la puerta, sólo una rendija:

— ¿Qué haces aquí? No quiero ver a nadie. Si no cojo el teléfono será por algo. Dejo el trabajo, dejadme en paz —dije yo.
— ¿Y a mí que me cuentas? Si yo no vengo de parte de nadie. Estoy de vacaciones.
— ¿Y a qué vienes entonces? —dije, abriendo un poco más la puerta, algo sorprendido de que hubiera conseguido mi dirección—. Pensaba que venías a buscarme para que fuera a la oficina.
— A que le eches un vistazo a mi ordenador —señaló el maletín de su portátil, que colgaba del hombro—. Debió entrarle un virus o algo y, como tú eres el informático que lo arregla todo… —dejo caer, echándole todo el morro del mundo—.
— Ya… —contesté mientras un fogonazo pasó por mi mente— ¿Sabe alguien que has venido a verme?
— Pues no, no se lo dije a nadie. No creo que tenga que andar radiando mi vida a los cuatro vientos —contestó algo contrariado—.
— Pues nada, pasa, que vamos a mirar que le pasa a ese ordenador.

Recién cruzó el umbral por delante de mí, agarré el hacha que tengo al lado de la puerta para espantar a los Testigos de Jehová y se la clavé al Putas en la nuca. Una vez caído al suelo, aprovechando que se encontraba boca abajo, le di otro hachazo para romper la base del cráneo e introducir dos dedos, con los que comencé a arrancar pedacitos de lo que debía ser el cerebelo y llevármelos a la boca. Experimenté una erección, la primera en semanas, al sentir la calidez de la sangre en mi boca, y también una especie de sensación extraña, como un chorro de luz que me subía por la espalda. Cuando los dedos se me hicieron cortos como para seguir escarbando en el interior de la cabeza de El Putas, busqué una cucharilla larga que tenía rondando por un cajón para seguir engullendo cerebro de gilipollas, el manjar más delicioso que había tenido el placer de consumir en toda mi vida.

Una hora después la fiesta se había convertido en una pesadilla. Tenía enfrente de mí un cadáver, un recibidor lleno de sangre y muchísimas más pruebas de las necesarias para meterme en chirona de por vida. Y aunque a una parte de mi mente todo esto se la traía al pairo, lo que quedaba del Torcuato original estaba realmente alterado. Aun así, me llevé una bonita sorpresa al coger el cadáver para meterlo en mi bañera y comprobar que mi fuerza era muy superior a la que había tenido siempre. Esa sorpresa se convirtió en júbilo progresivamente tras desmembrar el cadáver con relativa facilidad usando un cuchillo grande de cortar el pan, de esos que tienen sierra. Nunca me había sentido tan, tan fuerte. Era agradable.

Muy agradable.

Por primera vez desde el episodio con el pastor, me sentía realmente animado. No sé si era por haber consumido cerebro humano fresco —por fin— o por el descubrimiento, motivado por la emergencia, de mis nuevas capacidades. Pero, tras envolver los diferentes fragmentos de Pedro el Putas en film transparente y llenar la nevera hasta arriba con sus restos —con la intención de irlos sacando poco a poco en bolsas de basura durante los siguientes días— me pegué una buena ducha para limpiar la sangre y hasta me peiné, cuidando incluso de dejar bien colocado el flequillo. Aun así, mi pinta no era en absoluto saludable. Al mirarme en el espejo veía a un hombre pálido, con profundas ojeras y con cara de no haber dormido en mucho tiempo. Y era verdad: cada día dormía menos y peor, aunque afortunadamente el aburrimiento no me afectaba. Sólo en ese momento, frente al espejo, me di cuenta de por qué la gente que me había encontrado por la calle en los últimos días no había sido especialmente amable conmigo; y que el motivo eran mis pintas, objetivamente poco saludables, por no decir del todo indeseables.

Durante el siguiente mes me zampé a dos oportunos Testigos de Jehová y a un cartero que traía una carta certificada para mi vecina. No me sentí en absoluto culpable ya que, de algún modo, ellos mismos se habían ofrecido a sí mismos por haber llamado a mi puerta. No puedo decir lo mismo de un par de repartidores de comida a domicilio a los que llamé, a mala idea, con la intención de comérmelos. El primero era oriental; busqué precisamente que fuera chino en la creencia de que su desaparición pasaría más desapercibida que la de un nativo. Pero su cerebro no me supo bien, quizás por diferencias de raza. El segundo, caucásico como yo, me supo mucho mejor, aunque también puede que fuera así porque antes me tomé el trabajo de esparramar su encéfalo sobre la pizza familiar que traía. Riquísima: la mejor pizza que he comido en mi vida.

Me llegué a convencer, día a día, de que mi nueva situación no era tan mala con respecto a mi vieja condición meramente humana. Aunque externamente parecía que mi vida era muy limitada, pues me había convertido en una especie de ermitaño, en mi fuero interno me sentía contento. Había resuelto el problema de surtirme de cerebros sin necesidad de salir de casa, con la ventaja añadida de que, en el caso de los sesos de humano fresco, ni siquiera necesitaba comerlos todos los días como me pasaba con los sesos de animal, mayormente insatisfactorios, que compraba por ahí ya fríos y probablemente mal criados. En definitiva, no era una adicción tan acuciante como se pudiera pensar. Por otra, mi carácter normalmente ansioso y preocupado se había esfumado y la apatía/indiferencia que invadía mi ánimo se había convertido no sólo en una bendición, sino el rasgo que más me gustaba de mi carácter. Al menos tras haberme dado previamente un buen festín de cerebro crudo.

Entonces llegó octubre. Y con él, el toc-toc de una inesperada llamada a la puerta, bien temprano. Discretamente observé por la mirilla y comprobé que era Don Prudencio, mi casero, al que, vaya, se me había olvidado pagar tanto el mes anterior como el actual. No debió de venir antes ya que era propietario de un montón de pisos, por lo menos un par de docenas sólo en mi edificio, y seguramente los retrasos no le debían quitar el sueño en absoluto. “¿Me lo como?”, me pregunté durante unos segundos antes de abrirle la puerta. Decidí de modo un tanto soberbio que, en función de lo que me dijera, le mataría o no. Me acababa de comer al cartero despistado hacía tan sólo tres días y no sentía especial necesidad de volver a comer tan pronto.

Nada más correr el pestillo y girar la manecilla, el casero empujó la puerta con una violencia inusitada, golpeándome y lanzándome contra la pared del fondo a gran velocidad. Para cuando pude reincorporarme, me había agarrado del cuello con una mano y me había levantado un palmo del suelo mientras me clavaba una mirada glacial. Me sorprendí tanto que tardé un par de segundos en reaccionar; pero lo hice. Rápidamente le agarré yo también del cuello, con toda mi fuerza, y entonces el sorprendido fue él. Tras unos instantes, se dibujo una sonrisa en su cara y nos soltamos, sólo para carcajearnos.

Así conocí a mi Maestro. Y a partir de ese momento, gracias a él, empecé a comprender.

Nos hicimos amigos inmediatamente, y no sólo por el hecho de compartir condición, aunque no ha llegado el momento todavía de explicaros el porqué. Tras nuestro desencuentro inicial, pasamos al salón de mi casa para conocernos mejor.

Como era de sospechar, él llevaba muchos más años ejerciendo de zombi que yo —no me quiso decir cuantos, pero probablemente décadas— y, lo que era mejor, había tenido ocasión de conocer a otros zombis y se había empapado la cultura básica de este modo de vivir, experiencia que a mí me faltaba completamente. Y por supuesto, se lo había montado muy, pero que muy bien.

— […] trabajé muchos años e hice muchos negocios para poder comprar todos estos pisos, y gracias a ellos ahora no tengo que seguir currando para vivir, ver a nadie ni tampoco dar explicaciones sobre mis ingresos. Y encima, tengo un suministro casi regular de cerebros. Cada vez que un inquilino deja de pagar, me lo meriendo; no sólo me queda el piso vacío al instante, sino que además, cuando alguien pregunta, hago como que me indigno porque se marchó sin pagar. Ahora… ¿tú sabes por qué tenemos que comer cerebros? —me preguntó—.
— Pues la verdad es que no me lo había ni planteado… sólo me di cuenta de la necesidad repentinamente, sin preguntarme la causa —respondí un tanto sorprendido de no haberme hecho yo la misma pregunta con anterioridad—.
— El fósforo, hijo, el fósforo…
— No entiendo…
— El fósforo. Necesitamos fósforo. Y los cerebros tienen mucho. Y el cuerpo es muy sabio.

Me enseñó, entre otras cosas, la receta perfecta para las épocas de escasez de cerebro: lentejas con guano de murciélago.

— Una cucharada de buen guano tiene casi tanto fósforo como medio cerebro humano. Y encima, no caduca si lo guardas bien seco. Y las lentejas, bien espesas, dan la textura —me explicaba con amor—. Gracias a esta receta puedes estar meses sin comer cerebro sin pasarlo mal. Ah, y el café… aunque no te apetezca, tómalo: ayuda mucho a mejorar el aspecto general y a levantar menos sospechas. Veinticinco tazas diarias mínimo es lo que tomo yo y, ya ves, casi parezco normal.

Gracias a Don Prudencio me enteré de que cada condición humana anómala se debía a la carencia de un nutriente específico: los zombis teníamos el problema del fósforo; los vampiros, del hierro; los licántropos, del calcio, etc…, etc… Al final la explicación de las cosas siempre resulta ser mucho más prosaica de lo que pudiéramos pensar.

Empezamos a vernos con regularidad, todos los días. No tardamos en hacer un trato: yo no tendría que pagar el alquiler, ni la comunidad, ni los servicios básicos pero, a cambio, tendría que encargarme de los “desahucios”, ya que Don Prudencio llevaba demasiado tiempo haciéndolos él mismo y podía estar ya levantando sospechas entre los vecinos.

Antes dije que nos habíamos hecho amigos inmediatamente y que iba a explicar el motivo más adelante. Pues bien, aquí está: el sentimiento predominante entre los zombis, cuando se encuentran, es el de la camaradería. Y no una cualquiera, sino una muy intensa. Como yo mismo pude comprobar al capturar a mi siguiente víctima, tras mis primeros encuentros con Don Prudencio: aunque por una parte compartir el cerebro recién obtenido me contrariaba profundamente, pues iba a tocar a menos, otra parte de mí se sentía llena de amor, alegría y satisfacción por poder disfrutar juntos, mi casero/amigo y yo, de tal exquisito manjar.

— Eso nos pasa a todos al principio —me contestó tras llegar a casa para invitarle a sesos y hablarle sobre estos sentimientos—. Pero con el tiempo te das cuenta de que el sentimiento que nos une a los zombis es mucho más puro que cualquiera que pudieras haber experimentando antes: es una mezcla de amistad, camaradería, empatía, entrega… no te debes sentir culpable por sentirte mezquino a veces, siempre que no caigas en esa mezquindad, claro.
— Bien, eso es cierto, que lo que importa es la acción.
— No lo dudes. Y yo también te voy a confesar algo: en nuestro primer encuentro, mientras nos estrangulábamos y me di cuenta de que tú también eras zombi, sentí un poco de fastidio, pues sabía que a partir de ese momento iba a tener que contar contigo, me apeteciera o no. Pero son escrúpulos que se pasan rápido. Y ahora atiende, que te voy a enseñar una manera de comer muy divertida.

Don Prudencio agarró y levantó a mi víctima de ese día, una niña de quince años que había venido por la mañana a venderme lotería para financiar su viaje de estudios y a la que yo había roto el cuello de una patada. Aún estaba algo caliente, y bastante flexible, y mi casero la reclinó sobre su regazo. Introdujo un lápiz bien hondo por la nariz, revolvió unos segundos y acto seguido apoyó su boca sobre una fosa nasal mientras le tapaba la otra con el pulgar. Hinchó el pecho, como si aspirara, y a continuación destapó la fosa que había cubierto con el pulgar, tras lo que se oyó un ruido como de lavabo desaguando.

— Primero, con el lápiz deshaces bien la glándula pituitaria y los lóbulos frontales —explicó—. También puedes meter el lápiz por detrás del ojo, por un agujerito que hay en el hueso. Después, aspiras fuerte con el agujero tapado, haciendo vacío, para llenar las fosas nasales de masa encefálica; y cuando destapas, entra el aire y toda la sesada de golpe en la boca. Es como fumar —aclaró—.

Mi casero sabía un montón de técnicas distintas para comer cerebro de modo creativo. Algunas las había inventado él y otras las había aprendido de otros zombis, como esta que me acababa de transmitir. También me enseñó otras muchas cosas, pero no las pienso contar aquí.

Y esta es mi vida. La verdad, no la cambio por la que tenía antes de mis últimas vacaciones. Realmente, la única pega que le encuentro es que, de algún modo siento que me limito a vivir el presente y no tengo planes de ningún tipo. Y el techo de la cocina sigue sin pintar. Pero cuando se lo cuento a Don Prudencio, me anima:

— No te preocupes, Torcuato. Algún día seremos muchos, seremos todos amigos como lo somos tú y yo, y el Mundo será nuestro. Pero sin prisas ni agobios, poco a poco. ¿No estás muy a gusto así como estás, alma de cántaro?
— Pues sí, la verdad es que sí… Esto es vida. ¿Hago café?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>