Una Casa Llena de Gatos

Dormitaba desde hacía dos horas en el sofá cuando noté pasos por encima de mí. Era mi gato. Pisó donde más podía molestar y se puso al lado de mi cara. El vago de él se acurrucó y cerró los ojos como sólo saben hacer los gatos cuando intentan expresar infinita comodidad o sueño.

Cambié ligeramente de postura para darle sitio a Stalin, que ya había comenzado a ronronear. La nueva posición me permitía ver la salita con perspectiva de cojín.

Y enfrente de mí había otro gato idéntico. Me miró con indiferencia y se subió a una butaca. Me di cuenta en ese momento de que yo estaba solo en la casa. ¿De dónde había salido el bicho ese?

Otro gato entró por la puerta. Este era negro y más estilizado que la mayoría de sus colegas. Se sentó mirando hacia la puerta que lleva a los dormitorios. Me levanté y me dirigí hacia la puerta por la que había entrado el animal, que prescindió de mis tacos con un parpadeo lento. Ya había dado con el misterio. La ventana de la cocina estaba abierta y habían entrado por ahí. Claro.

Al entrar en ella dí un respingo. Docenas de gatos, si hacer ningún ruido, deambulaban por encima de todas las superficies posibles e imposibles. Menos en el alféizar de la ventana. Estaba cerrada.

Volví al comedor y me lo encontré con diez veces más gatos de los que había dejado en él hacía unos instantes. ¿Habría también en las habitaciones? Me dirigí a ellas, y al abrir las puertas del pasillo y dos toneladas de carne peluda me tiraron al suelo.


Y aquí estoy. Puedo ver el patio de luces. Inmediatamente después de abrir la puerta y caer al suelo intenté levantarme y escapar por la ventana. Un puñetazo mal dado al vidrio sólo me sirvió para gritar de dolor. Pude deslizar una de las hojas de la ventana unos centímetros antes de caer ante el empuje de la masa.

Tengo el cuerpo inmovilizado por una materia blanda indiferenciada al tacto y variopinta en los pocos colores que llego a distinguir en mi difícil posición. Mi cara está pegada al vidrio y tengo la suerte de tener la boca justo sobre la escasa abertura que me permite respirar.

El peso es insoportable. Apenas puedo respirar, y con mucho dolor. De gritar ni hablemos. Parece que ninguno de los vecinos que habitualmente se dedican a joderme está en el edificio hoy. Noto algo inesperado. Calor húmedo en la parte de atrás de la rodilla. Se ha meado algo por ahí cerca.

De repente estalla la otra hoja de la ventana. Es increíble. Por el rabillo del ojo veo como cientos de felinos caen varios metros por el patio de luces. No paran de caer. Parece como si a medida que caen por la ventana fueran entrando otros tantos por la puerta.

¿Cuantos gatos habrá en esta habitación? A ver. Si un gato ocupa… cinco litros encogido y la salita tiene cuatro metros de largo por tres de ancho por dos diez… mejor dos metros de alto que son… mierda, no me puedo concentrar. Cuatro por tres son doce por dos veinticuatro metros cúbicos, digamos veinticinco mil litros entre cinco litros por gato son… cinco mil gatos. Uno de ellos es Stalin. Le pueden dar mucho. Seguro que esto tiene que ver con él. Igual me está soñando y yo me creo que esto es real. No es real. No es real pero estoy empapado de meada de gato auténtica. Me duele la cabeza. Mierda.


Cómo pude dormirme. Noto el hocico de un gato hacer presión sobre el ojo derecho. Este está vivo. Noto su respiración sobre el párpado. Si abro el ojo es capaz de comérselo. No me lo puedo quitar de delante. Voy a abrir el otro ojo. Dios. Es de noche. No dejan de caer los malditos bichos hacia el patio de luces. No pueden salir de él y se está llenando. Noto como el cabroncete del ojo abre la boca. La vuelve a cerrar. Me acabo de cagar.


Tengo la garganta deshecha. Aparte de no haber podido comer, el aire que se puede respirar aquí no es muy sano. No noto el olor. Seguro que es horrible. Menos mal que uno se acostumbra a todo.


He debido quedar adormilado unas horas. La luz es de mediodía e ilumina desde arriba la masa de bolas peludas que se acumula en el patio de luces. Falta poco para que lleguen a mi altura. No siento nada de cintura para abajo.


Tengo sed. Ahora mismo algo acaba de orinar encima de mi cabeza y me relamo cuando el líquido corre por mi cara. Ya huele a podrido, lo sé. Tiene que oler. Me cuesta respirar. Voy a perder la consciencia.


Está oscuro. Me llega muy poca luz. Aplastados al otro lado del cristal hay un mosaico de pieles. Llegará un momento en que tapen completamente la ventana. No podré ver el Sol. Sol Sol …Sigo aquí ¿Sigo aquí? Mi cabeza está arriba mi cuerpo no. Mi cuerpo está abajo, atrapado en la carne. Tengo cuerpo de gato. Soy un gato. Miau. No, no. Sí… sí. sí.

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